a13 De Berja a Adra

  • Introducción histórica: 
    • TESTIMONIO: “Desde los altos de la sierra de Turón y de Sierra Alhamilla hasta la mar, en una estrecha franja de terreno en declive se recoge el término de Adra. En la misma raya de la mar Adra la Nueva, la villa murada que determinaron hacer los Reyes Católicos para defensa de la costa y construyeron su hija Doña Juana y su nieto el emperador Carlos. Entonces fortaleza, hoy ciudad industriosa, agrícola y pescadora. Frente a la junta de los ríos Grande y Chico, con las espaldas amparadas en un alcor, que la hurta al espionaje desde la mar, la musulmana Adra la Vieja, hoy poblado agrícola de La Alquería. El río es la única entrada y camino al interior. Desde su fundación Adra ha sido el puerto, la factoría y la fortaleza de la Baja Alpujarra almeriense”. (José Ángel Tapia Garrido – “Historia de la Baja Alpujarra”).
    • CAMINO HACIA EL EXILIO:
      • “Dentro de unos días partiré para Fez, mi último destino, dejaré la tierra que me vió nacer y en ella quedan enterrados todos mis antepasados. Me siento sólo y no sé que me deparará el futuro. Me hubiera gustado quedarme para siempre en este lugar en el que nací y que formará para siempre parte de mi vida, por muy lejos que el destino me lleve. Granada, quisiera llevarme tu esencia y recordarte siempre. Me aconsejan que me haga un palacio que se asemeje a la Alhambra, pero tú eres única y por mucho que quisiera reproducirte, no sería como la luz que tenías, que todo lo acariciaba y se multiplicaba en los brocados, y se entretenía en los oros y se deslizaba entre los marfíles como tú lo hacías en tus bellos salones”. (María Ramírez González, “El último nazarí”).
      • La tradición afirma que en Octubre de 1493, el día que cumplía 31 años, Boabdil salió de Adra por la antigua desembocadura del rio, en el actual pago Cabrahigo (junto edificio Géminis) y que al embarcar, arrojó al mar su espada. La leyenda afirma que una vez en el mar, el príncipe volvió la mirada en dirección hacia la playa de Adra y lanzó su alfanje de oro al mar, prometiendo que algún día volvería a por él. Llevaba consigo a su madre (Aixa Fatima), su hijo, su hermana y un séquito de 1.700 súbditos. Con él embarcaron los nueve millones de maravedíes producto de la venta de su feudo alpujarreño a los Reyes Católicos. La armada estaba compuesta por una carraca propiedad de Iñigo de Artieta, cuatro naos y una carabela. Las carracas, por sus dimensiones y capacidad artillera, venían a ser los acorazados de la época. Su eslora pasaba de los 30 metros y su manga los 10 metros. El casco se reforzaba con gruesos cintones y bulárcamas y presentaba altas superestructuras formando tanto el castillo de proa como el alcázar a popa, lo que les daban el aspecto de fortalezas flotantes. Iban provistas de cofas en sus palos trinquete, mayor y mesana donde se apostaban ballesteros y espingarderos, incluso llegaban a instalar falconetes en las cofas de las carracas de más porte.  La carraca de Iñigo de Artieta era de 1000 toneles de arqueo. Iba tripulada por 100 marineros y contaba con una dotación de 200 soldados con 12 lombardas pesadas y 10 ligeras como artillería. Las naos que componían las armada eran las de Pérez de Fagaza de 405 toneles y tripulada por 60 marineros y 140 soldados con dos lombardas pesadas y 13 ligeras. La de Pérez de Loyala de 220 toneles con 40 marineros y 85 soldados y 7 lombardas. La de Pérez de Layzola de 205 toneles con 40 marineros y 85 soldados y 7 lombardas. La nao de Martín de Amezqueta de 100 toneles con 25 marineros y 45 soldados  y 2 lombardas pesadas y 3 ligeras y la carabela de Sancho López  que tenía 30 tripulantes. Al día siguiente tocan tierra en Cazaza, cerca de Melilla, puerto del reino de Fez situado en la cara de poniente del cabo de Tres Forcas.
      • “Los viajeros fueron despedidos por una gran multitud de sus antiguos súbditos. Cuando se desplegaron las velas, hinchándolas la brisa y el barco de Boabdil comenzó a alejarse de la tierra, quizás los espectadores le habrían dado una despedida más alentadora, pero el humilde estado de su otrora orgulloso soberano, les recordó el ominoso apodo de su juventud y se limitaron a gritarle: ¡Adiós, Boabdil! ¿Quiera Alá protegerte, Zogoybi!. El funesto sobrenombre le penetró hasta lo más profundo del corazón al desdichado monarca y sus ojos se llenaron de lágrimas cuando los nevados picos de las montañas de Granada se esfumaron progresivamente del horizonte”. (Washington Irving, “Crónica de la conquista de Granada”).

EPÍSTOLA FINAL : Carta de Washington Irving al Príncipe Dolgoruki – Alhambra, 16 de julio de 1829.-

“Estimado Dolgoruki: Antes de escribir ésta carta, he tenido que realizar un esfuerzo por reordenarme, …, de improviso, ha ocurrido algo que no olvidaré mientras viva, y que sobrepasa, con creces, el carácter mágico de éstos lugares. … La noche del jueves veinte, al viernes veintiuno (tres veces el número de la suerte), me desperté con la sensación de que alguien había entrado en mis habitaciones. … Me encontraba despierto, créame, Dolgoruki, cuando, para mi asombro, vi que Dolores aparecía en el dormitorio, silenciosa y tan sonriente como siempre, tan luminosa como nunca. … vi que portaba entre las manos un cofrecito de plata. … abría el cofre y me mostraba, en su interior, una llave incandescente. … la cogió y me la fue acercando, poco a poco, hasta colocarla en el centro de mi frente … Ella apuntaba mi entrecejo y afirmaba: “Hay más puertas que las conocidas para acceder al lugar donde yace Boabdil”. … comencé a sentir un calor intenso… la llave pareció licuarse y fundirse con mi piel, y aún más adentro.      -Bienvenido al mundo astral, murmuró Dolores y me cogió de la mano. Sentí que la suya y la mía quedaban fundidas como si fuéramos fantasmas líquidos. Amable, aunque firme, me condujo al exterior. En un parpadeo, nos encontramos en el Patio de Comares. Desde allí nos adentramos en pasillos imposibles que jamás había visto (ni siquiera en las locas excursiones con el duque); pasadizos hermosos de estucos y policromías, oros y plata que no se encontraban en el resto del edificio. Dolores me hacía bajar escalones de marfil, salvar estanques de mercurio, y nadar en albercas secretas donde habita el arco iris. … Así hasta alcanzar unas grandísimas puertas frente a las que parecíamos pigmeos. … Como si la luna llena hubiera parado el tiempo, todos, y todo, permanecían sumidos en un sueño de siglos. Exploramos, sin prisa, el letargo de aquel reino, … Y así, vinimos a desembocar en un patio rodeado de arcadas, en cuyo centro se abría un estanque. Sobre el agua titilaban las constelaciones de la cúpula nocturnal. Junto a ellas, con la cara apoyada en la mano y el codo sobre unos cojines de raso escarlata, dormitaba un anciano. Sus barbas habían crecido tanto que alfombraban los suelos.      -Éste que ahí ve -susurró Dolores con voz temblorosa-, y no otro, es aquel cuya tumba deseaba usted encontrar. Su sueño, Irving, acaba de cumplirse. He aquí el Prodigioso Recinto. Ahí tiene a Abu Abd Allah, Boabdil, el Rey Chico, sumido en un sueño eterno. … No ha muerto, duerme. … El brillo de sus ojos entrecerrados es la joya más triste y bella, a un tiempo. Su respiración, la música lánguida que late en el corazón de Granada. … Sin poder retirar la mirada del anciano, me sentí invadido por una gran tristeza. Un aliento de nostalgia profundo anegó mi pecho, y noté que cálidas lágrimas me cruzaban las mejillas. … Al poco, un cansancio agridulce me fue invadiendo…”.

Miguel Ángel Moleón Viana y Luis Arance Moreno – “Cuadernos secretos de Washington Irving”.


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