a9 De Cádiar a Ugíjar

  • Introducción histórica:
    • CAMINO HACIA EL EXILIO:
      • El anciano le dijo a Boabdil : “Alteza, el pueblo os reprocha vuestra falta de inteligencia para convencer y ganaros al Zagal, porque no le hicisteis que combatiera a vuestro favor y en contra del cristiano. Os faltó hombría y vigor, picardía y sagacidad y, en lugar de aliaros con el Águila contra él, derramasteis la sangre musulmana… No os conformasteis con eso sino que decapitasteis a los alfaquíes que os criticaron la acción… Os vengasteis de la fatwa… Dos al menos, los zegríes, que pertenecían a mi tribu, eran de sangre real, como vos. El resultado es que habéis perdido un reino, que habéis perdido un pueblo, que se está disolviendo por las rutas polvorientas de Berbería, y que habéis perdido la honra y el decoro de un rey”. (Leonardo V. Villena, “El último suspiro del rey Boabdil”).
      • “¿ Conoces a mi maestro, el alfaquí Abenamar Al Baduli? – preguntó Boabdil, que creyó oportuno rebatir públicamente sus palabras. A lo que el anciano respondió: Fue compañero mío en la Madrasa cuando vuestro abuelo Ciriza no gobernaba todavía, cuando vuestro padre ni siquiera ceñía su alfanje de acero oriental… Era un gran hombre y el mayor sabio del reino. Se merece todos mis respetos y mi mayor aprecio y me honraría eternamente si le volviera a besar la mano… Boabdil: Cuando, por segunda vez, vio caer degollados, defendiendo la fortaleza de su pueblo y el camino de Granada, a los mejores soldados de mi guardia; cuando vio a los niños, mujeres, ancianos que se morían de hambre por las calles de la ciudad, cuando contempló el alarde de tropas que hacían los cristianos en todas sus acciones, me aconsejó que negociara una rendición digna, una entrega decorosa del reino porque, de otra forma, si resistía, sólo conseguiría profundizar las penas y las miserias de mis súbditos. Y mis mejores vasallos habéis sido y sois vosotros. Y tú, Sidi Mehmet Aldulaya, a pesar de tus palabras, ocupas la cúspide. Te lo digo porque reconozco que quien habla por tu boca no es el odio contra mí sino la pena y el sentimiento por todo cuanto hemos otorgado y transferido. Pero nos queda todavía una esperanza : que el rey cristiano, tan cumplidor siempre de su palabra y de sus pactos, nos respete la vida en estas tierras en las condiciones en que firmamos: “Por juro de heredad y para siempre jamás”. Si así fuera, solamente habríamos perdido una parte del reino porque nos restaría mi feudo, donde podríamos vivir en libertad y donde mantendríamos nuestra fe, nuestra vida y nuestras costumbres más ancestrales. Así lo firmamos”. (Leonardo V. Villena, “El último suspiro del rey Boabdil”).
    • RECORDANDO EL PASADO:
      • 1483.  Parte I. “El rey Fernando había hecho llamar a su primo Gonzalo (Fernández de Córdoba) para que se reuniese con él en Córdoba. … Ahora sabía el papel que éste debía representar en la compleja y tal vez larga negociación que quería llevar a cabo. … Quería entrevistarse con Boabdil, el joven monarca nazarí, nada mas llegar a esa ciudad. … Su primo Gonzalo era la persona idónea para ayudarlo en aquel delicado momento. Toda la estrategia del rey estaría basada en la confianza que lograse infundirle a Boabdil. Gonzalo tenía un elevado conocimiento de la frontera y del mundo árabe, conocía el idioma, los problemas y los sentimientos de los nobles nazaríes y también los de la gente sencilla. … Y luego estaba aquella especie de nobleza natural de Gonzalo, una dignidad que probablemente era el resultado de saber combinar en los momentos adecuados la firmeza y la mesura. Ofrecer a su interlocutor la cara más férrea o la más suave pero sin acabar nunca de desligar la una de la otra. Fernando marcaría la línea maestra de la negociación, pero luego sería Gonzalo quien iría trenzando y asegurando todos los hilos hasta convencer a Boabdil de la firmeza de los propósitos cristianos. … Boabdil advirtió la presencia, algo más apartada, de un hombre joven, sin duda militar, que lo observaba discretamente y que fue el último en serle presentado. Gonzalo se inclinó levemente ante el rey nazarí, sin la afectación exagerada de unos, ni la sequedad que le habían mostrado otros. Gonzalo lo saludó con sencillez, en árabe, mirándolo a los ojos: Soy un soldado y siempre defenderé a mi señor el rey Fernando, así será hasta el final, pero también soy un hombre de honor y nunca haré esa defensa con artimañas que ensucien el nombre de mis reyes ni tampoco el mío propio”. (Antonio Soler, “Boabdil, un hombre contra el destino).

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a8 De Almegíjar a Cádiar

  • Introducción histórica:
    • TESTIMONIO:
      • Descripción de Morayma: “Era una mujer bella, sensata, señorial, educada, prudente y completa como ninguna. Todo el valor y arrojo de Aliatar se habían transformado en dulzura y delicadeza en su hija. Aunque de pelo castaño claro, casi rubio, sus ojos también eran grandes y profundos y tan deslumbrantes como una puesta de sol en un día de viento del norte. La nacarina piel de sus mejillas, superior en finura al más pulido aljófar, parecía como si la perforaran dos simpáticos hoyuelos que se le acentuaban al sonreir. Su nariz era fina, casi recta y ligeramente respingona… Y su cuerpo… jamás incurriría en la herejía de describir la calidad que atesoraba su bellísima esposa, que era casi tan alta como él…”  (Leonardo V. Villena, “El último suspiro del rey Boabdil”).
      • “Los cronistas árabes ensalzan su hermosura cuando se unió en matrimonio a Boabdil, que ya era rey de Granada por los designios de su madre. Procedía de la más humilde clase popular, puesto que su padre era un pobre buhonero, que vendía especias en Loja, de la que llegó a ser alcaide, gracias al esfuerzo de su persona y a la eficacia de su espada, la más fuerte del Islam. La hija de Aliatar era alta y fuerte… En la fiesta solemne de sus bodas, píntanla los poetas musulmanes vestida con saya y chal de paño negro, bordados en seda azul. La toca de lienzo blanco que cubría su cara y cabeza, ocultaba facciones más lindas que perfectas, y más seductoras que esculturales. Los ojos eran grandes y expresivos, negros y lucientes como el azabache, llenos de dulces recuerdos y acusadores de inocencia y bondad. A través de las tupidas ropas adivinábanse unos hombros, unos brazos, unas caderas y un talle de tan clásicos y opulentos contornos, que los griegos la hubieran tomado por un modelo de Juno”. (Fidel Fernández Martínez, “Boabdil”).
      • “Era de rostro risueño y poseía unos ojos de seductora negrura y una boca que Boabdil creyó capaz de sumirlo en la muerte dulce que ansiaba; sus movimientos tenían la espontaneidad de quien está habituado a la libertad, una soltura voluptuosa, una naturalidad inocente que resultaba más tentadora que cualquier insinuación de una hembra experimentada. Atendía la residencia paterna con la ayuda de dos amas que habían ejercido de madres con ella y que, llegadas a la vejez, le habían dejado paso para asumir una dirección de la cotidianidad que ella desempeñaba sutil y sencillamente, sin alharacas y sin imposición porque la delicadeza de su presencia, de su voz, de sus ademanes y de sus instrucciones, era el arma más eficaz para que todo a su alrededor se le rindiese”. (Magdalena Lasala, “Boabdil: tragedia del último rey de Granada”).
    • RECORDANDO EL PASADO:
      • 1478: El inicio de la Guerra Final.- “El comendador de Santiago, don Juan de Vera y Mendoza, al que los reyes habían enviado como embajador castellano para que reclamase al rey de Granada los tributos que el pueblo nazarí tenía comprometidos con ellos, les había notificado que, una vez llegó a los pies de la Alhambra, lo introdujeron en el hermoso salón de Comares y que allí mismo, …, Muley Hacén le espetó sin miramientos: -Volveos y decid a vuestros reyes que ya murieron aquellos granadinos que pagaban tributos a los cristianos. De aquí en adelante, con el metal de esas monedas que tenéis la desvergüenza de reclamar sólo se labrarán alfanjes y hierro para la guerra. Cuando don Juan de Vera y Mendoza informó de lo sucedido, se sorprendió de la aparente calma con la que el rey castellano se tomaba la noticia. Y es que, en el fondo, Fernando de Aragón sintió un regusto de placer. Ahora ya tenía la excusa perfecta para atacar el reino nazarí. -He de arrancar, uno a uno, los granos de esa granada -le oyeron decir. Dió pleno poder al marqués de Cádiz para comandar un ejército de más de cinco mil caballeros cristianos y los envió a Alhama. No tardaron mucho en romper el cerco de las líneas enemigas y en escalar las murallas de la ciudad. Fue una cruenta batalla en la que murieron mas de ochocientos musulmanes y otros tres mil fueron hechos prisioneros. Según todos los cronistas, ese día comenzó la Guerra…”. (Nerea Riesco, “Las puertas del paraíso”).
      • “1483: Cuando era niña, a Moraima le gustaba seguir por las acequias alguna pequeña ramita de olivo llevada por el agua. La perseguía caminando junto al discurso del manantial, viéndola salvar obstáculos y ayudándola cuando quedaba bloqueada, hasta que al final se le perdía de vista y desaparecía en los remolinos que el pequeño canal formaba al caer en una brusca pendiente. Boabdil era ahora una leve rama de olivo llevada por un río caudaloso, enfurecido por una tormenta.      De ese modo lo veía Moraima caminar entre la soldadesca, entre los bereberes recién llegados de África, entre aquellos hombres acostumbrados a la sangre y la muerte.  Su príncipe, aquel muchacho indeciso e inocente que conoció en Loja, se dirigía sin saberlo a aquella torrentera llena de furia que lo transformaría y de la que, pasara lo que pasara, saldría tan distinto al joven que conoció y que ya para ella siempre sería un extraño. Otro. Un Boabdil diferente. Un hombre ya no para ella, sino para su pueblo, para Granada”. (Antonio Soler, “Boabdil, un hombre contra el destino”).

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