a12 de Laujar de Andarax a Berja

  • Introducción histórica:
    • TESTIMONIO:
      • “Los Reyes Católicos dan oido a sugestiones y denuncias, y consideran peligrosa la permanencia de Boabdil en tierras españolas. No hay razones para sospechar de su fidelidad; el comportamiento del desterrado es intachable, y Zafra, que mantiene a su alrededor una legión de espías, asegura a don Fernando que no hay el menor motivo de recelo, y que lo mejor es despreciar las hablillas, y dejar en paz al desgraciado rey Boabdil. No obstante estas seguridades, los Reyes insisten en que es prudente alejar de España a Boabdil, y como no hay fórmula legal para obligarle a ello, ya que está fresca todavía la tinta de las Capitulaciones, encargan a su leal Secretario que urda una trama para lograr con engaños lo que no puede exigirse honradamente. Por donde se comprueba una vez más que la razón de Estado, suprema ley para Fernando, lo llevó al incumplimiento de pactos solemnísimos, que estaba obligado a respetar. Con la habilidad y tozudez que ponía Zafra en sus planes, siguió pagando a los traidores para que amedrentaran a Boabdil, y lo convencieran de la conveniencia de emigrar. Dijéronle que los Reyes lo podían prender o matar cualquier día, y con cualquier pretexto retirarle las rentas convenidas; se simularon acechanzas, emboscadas e intentos de asesinato; se habló de venenos hallados junto a las viandas que había de consumir” (Fidel Fernández Martínez, “Boabdil”).
      • “Boabdil y sus magnates íntimos, … cediendo en parte al sentimiento religioso de todo buen musulmán de no permanecer en país sometido a reyes infieles a su creencia y viendo al propio tiempo que otros muchos musulmanes principales se disponían a emigrar, y que los que aquí quedaban, contra lo que creían y temían Sus Altezas, se les mostraban cada vez menos adictos y afectuosos, resolvieron bien pronto pasarse allende, para ir a fijar su residencia en Fez, donde esperasen tener más favorable acogida”. … “El fin político perseguido por sus Altezas los Reyes Católicos al procurar que Boabdil abandonase cuanto antes nuestra Península, no era otro que prevenir la pacificación sucesiva del reino granadino y su más rápida asimilación político-religiosa”. (Mariano Gaspar Remiro, “Partida de Boabdil allende con su familia y principales servidores”.
    • CAMINO HACIA EL EXILIO:
      • “Boabdil giró su cabalgadura y dio la orden de partida… Al mirar a su alrededor, vio extraño que no le acompañaran algunos de los que habían sido sus más fieles servidores, pues faltaban El Maleh, El Bexir, los dos Yahmani, Sidi Mohamed Moratil y varios nobles y alfaquies más. Tras él caminaban sus hijos, su madre, sus hermanos y el resto del séquito… La lenta caravana cubría una distancia superior a la legua, aunque los arrieros, que precedían el desfile, se perdían de vista en lontananza. Tras ellos conducían a sus animales los halconeros y galgueros. A veces los ocultaban las canchorreras, los derrumbaderos, los desfiladeros y las curvas del camino o los árboles que lo constreñían. Familias enteras los saludaban desde las orillas, desde las puertas de sus viviendas o desde las eras donde habían trillado, que les servían de placetas a las casas… desde cualquier lugar… El sendero reptaba entre olivos gigantescos, entre almendrales deshojados por el calor, entre higueras tardías que todavía se hallaban en plena producción. Entre Alcolea y Berja descendieron por vericuetos que ondulaban de forman inverosimil a través de inhóspitas lomas, subsidiarias de Sierra Nevada. Eran larguísimas y de perfiles erosionados y las poblaba el monte bajo, de escaso aprovechamiento, pero tales elevaciones carecían de compañeras criando perdices, liebres y conejos. Las había recorrido con sus galgos y halcones durante su cautiverio alpujarreño y ahora se despedía de ellas hasta la eternidad…” (Leonardo V. Villena, “El último suspiro del rey Boabdil”).

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a11 De Alcolea a Laujar de Andarax

  • Introducción histórica:
    • CAMINO HACIA EL EXILIO:
      • “La luz de las primeras estrellas empezaba a esmaltar el oscuro y sereno azul de los cielos, cuando Boabdil, que había caminado a matacaballo, sin descanso, desde el amanecer, llegó al valle de Andarax, cuya boca, cubierta por cerradas malezas, como una bestia belluda, era el fin de sus pasos aquel día, y la entrada del señorío feudal que le habián asignado los cristianos.  La vasta llanura que se extendía al otro lado de la entrada, y sobre la que empezaba a descender lentamente la estrellada oscuridad de la noche, vióse invadida de repente por el tropel de los jinetes, a cuyo ruido cesó el canto de la lechuza sobre las torres y atalayas de los diminutos pueblecitos, que iban a ser residencia y señorío de Boabdil y de sus cortesanos”. (Fidel Fernández Martínez, “Boabdil”).
      • “Le pareció un vergel la villa de Laujar. Sus huertos arrancaban en las últimas tapias del pueblo, donde la vega se escalonaba en bancales y poyatos de diferente superficie que orlaban olivos y algarrobos gigantescos. Bajo ellos, protegiéndolos del lujurioso sol canicular o de los escasos fríos invernales, plantados en promiscuidad, naranjos y limoneros se preñaban de apetitosos frutos. En las zubias (tierra a donde no llega el riego) marginales, en los terrenos donde no alcanzaba el agua de las acequias que se amamantaban en el río, otros frutales de semisecano o de secano se perdían en el horizonte. En la tierra de hierba jugosa aunque escasa, abundaban los pastores de cabras y ovejas, familias que sobrevivían vendiendo la leche o criando asnos y caballos, animales que alcanzaban los mayores precios en los mercados porque eran tan duros y frugales como los dueños…”. (Leonardo V. Villena, “El último suspiro del rey Boabdil”).
      • “El castillo de Laujar, construido con tapial endurecido, se veía elegante y señorial, airoso e inexpugnable y sus almenas cuadradas dominaban casi toda la extensión del valle.  Cuando pudiera pasear por los adarves, en los días invernales o de primavera, captaría todas las esencias de las flores de sus árboles frutales, de los innumerables jazmines, de los rosales, de los orgullosos magnolios, de los árboles del paraiso, de efímera aunque delicada floración, y del embriagador azahar de los naranjos. A lado y lado, Sulayr y la sierra de Gádor se observaban atentas, como si gozaran al reflejarse sus mutuas bellezas: la virginidad de las nieves de la sierra mayor contrastaba con el libidinoso verdor del matorral bajo y exuberante de la estribación subsidiaria. No obstante el dolor de la pérdida, Boabdil le agradecía al cristiano que los hubiera confinado en unas tierras tan semejantes a las cedidas porque su cielo era el mismo cielo, su mar era la misma mar y porque sus nieves eran las mismas nieves, aunque entre unos y otros mediaran dos jornadas y media, casi tres, de un camino difícil y tortuoso”. (Leonardo V. Villena, “El último suspiro del rey Boabdil”).
    • RECORDANDO EL PASADO:
      • 1483. Parte III. “Boabdil inclinó levemente la cabeza, dando la señal de partida. Enmudecieron los tambores y el rey nazarí tiró con suavidad de las riendas para hacer girar a su caballo. La columna se ponía en marcha en dirección a Granada. Boabdil iba a medirse, cara a cara, contra su padre. Concluía su tiempo de cautiverio. Atrás quedaban los días oscuros pasados en la torre de la Calahorra, las largas conversaciones con Gonzalo en el castillo de Porcuna y la vida entre unos enemigos a los que había venido a combatir hacía algo menos de medio año y que ahora eran sus aliados. Boabdil y sus hombre se alejaban. En medio de aquella tierra arcillosa y desgastada por el verano, la columna de nazaríes semejaba una pequeña estela roja, sangrienta, avanzando por la llanura. Al otro lado del río Guadalquivir, también el ejército del rey Fernando, más numeroso y pesado, se ponía en movimiento. El pacto entre los reyes iniciaba su camino. Y eran muchos quienes, tal vez de un modo inocente, creían que un tiempo nuevo comenzaba para aquella tierra convulsa”. (Antonio Soler, “Boabdil, un hombre contra el destino”).
    • TESTIMONIO:
      • La villa de Laujar era un núcleo de población pequeño y bonito, como todos los alpujarreños, cuyas casas se apiñaban constriñendo los espacios inmediatos al castillo y sus tejados de launa formaban terrazas que les servían a los nativos para secar sus frutos al sol: almendras, pimientos, higos, uvas… También los usaban a veces como medio para comunicarse con el vecino sin necesidad de bajar a la calle. Sus moradores se visitaban atravesando las terrazas y las mujeres salían a ellas para cuidarse el pelo, para alheñarse unas a otras, como amigas, o para charlar mientras tomaban el sol del invierno o el fresco de las tardes y de las noches veraniegas. Todo lo hacían relajadamente, en tertulias casi eternas; entre tanto, extraían las judías o los garbanzos de las gárgolas secas. Pequeños clavos sujetaban a la intemperie largas ristras de ajos o de pimientos rojos porque la escasa humedad ambiental y el bravío sol impedían que se entallecieran. Eran los condimentos que empleaban en casi todas las comidas”. (Leonardo V. Villena, “El último suspiro del rey Boabdil”).

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